Miscelánea

El último Rey de Andorra

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Esta es la historia del barón Borís Skósyrev, un aventurero ruso nacido en la Bielorrusia actual a finales del siglo XIX que, impulsado por su ambición, recorrió el globo en busca de reconocimiento y poder, llegando a autoproclamarse Rey de Andorra y ejerciendo un mandato de sólo 13 días.  Antes del episodio cúlmen de su vida en la región pirenáica, se tienen pocos registros de sus peripecias. Se sabe que al estallar la Revolución rusa en 1917, se exilió en el Reino Unido, donde formó parte de la armada británica primero, y de la Foreign Office como agente encubierto despúes, un puesto que le permitió recorrer países como Japón y Estados Unidos. De Inglaterra se trasladó a los Países Bajos durante un tiempo, y poco despúes buscó el favor de la Casa Real neerlandesa inventándose un título, el de conde de Orange, que según él le había sido concedido por la reina Guillermina I… Más tarde se casaría con una adinerada marsellesa divorciada diez años mayor que Borís, una relación que duraría más bien poco ya que, encoñado de una jóven muchacha inglesa, pone rumbo a Andorra. Como miembro de la aristocracia rusa desplazada por la revolución, marchó de su patria decidido a recuperar sus elevados estándares de vida en otro lugar, y el minúsculo y recóndito principado se prestaba al trato, debió pensar él. Una vez allí, Borís comienza a trazar su jugada. Conversa con los lugareños y se entera de que poco antes de su llegada, se había producido en Andorra una revuelta juvenil de cuyo espíritu podría aprovecharse para promocionar dentro de la estructura política de la región, mediante la propuesta de medidas progresistas que garantizasen una mejora en la calidad de vida. Sus ambiciones no tardaron mucho en colmar la paciencia del consejo general de Andorra, que pronto ordenó su fulminante expulsión de suelo andorrano por alborotador. A Borís le toca hacer la maleta y desaparecer del lugar … de momento. El caballerete se instaló en Seo de Urgel, una localidad pirenáica que pertenece al estado español. Desde su hotel, inició una campaña propagandística global, vendiéndose a si mismo como un auténtico monarca y concediendo entrevistas para medios de prensa de prestigio de todo el mundo. En una entrevista al diario madrileño Ahora, comentó que «No tengo ningún derecho histórico para mi pretensión. Lo hago únicamente como caballero para entender que defiendo los derechos de los españoles que residen en Andorra y son vejados por la República vecina». Sin duda, el bueno de Borís entendía de semiótica internacional, y sabía que meter caña a los franchutes le podría servir para ganarse el favor de la opinión pública española. A la vez, se reunió con representantes del duque de Guisa Juan de Orleans, miembro de asociaciones legitimistas del sur de Francia y pretendiente al trono gabacho. A estos les calentó la cabeza con que la casa de Orleans era legítima heredera de la dinastía de los Foix, es decir, con que tenían derecho territorial sobre Andorra, y debían desplazar a los actuales copríncipes de la región. Los franceses se mantuvieron al margén, a la espera de acontecimientos, pero mientras tanto Borís ya se proclamaba » lugarteniente del Rey de Francia» sin titubear. Entre actos públicos, sesiones de fotos, panfletos y recepciones, Borís continúo acrecentando su figura pública. Llegó el momento de redactar una innovadora y progresista Carta Constitucional para Andorra.

Borís se reunió con el Síndico General de los Valles de Andorra, y comunicó sus pretensiones de convertir a Andorra en un principado único, en un centro financiero mundial, sede de instituciones y bancos que disfrutasen de las ventajas fiscales que el ruso había diseñado. A cambio de este paquete de beneficios y ventajas, Boris sólo exigió a cambio ser coronado Príncipe de Andorra. La propuesta contó con la adhesión de 23 de 24 consejeros, y la monarquía quedó instaurada al día siguiente, el 8 de julio de 1934. Francia comunicó que no intervendría, y dejó el tema en manos de las propias autoridades andorranas y del consejo de ministros español. El 17 de julio se publicó en el boletín del estado la Constitución del Estado Libre de Andorra, se disolvió el consejo y se convocaron elecciones para el 1 de Agosto. Borís estaba seguro de cómo formaría su nuevo gobierno y de cuáles serían sus principales medidas : » Protección al necesitado, educación universal y deporte, mucho deporte. Pero nada de juegos prohibidos.» Pero el calentón le duraría poco al señor Skósyrev: el día 21 de julio cuatro guardias civiles españoles y su sargento entraron en Andorra, detuvieron al rey Borís I, y se lo llevaron a rastras hasta la frontera con España. En realidad, esta intervención militar a ínfima escala (la primera y última hasta la fecha sobre suelo andorrano) violó toda la autonomía política y la inmunidad diplomática que oficialmente poseía el principado, pero ni uno sólo de los súbditos del nuevo rey movió un dedo para ayudarle. Al fin y al cabo, no había dado tiempo a que se encariñaran con él. La operación fue propiciada y orquestada por el obispo de Urgel, que se había cabreado mucho con todo el numerito del consejo general y la proclama de Borís. Con la Iglesia hemos topado …

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Borís fue trasladado y juzgado en Barcelona por un juez que rápidamente identificó que se trataba del mismo personaje que había sido expulsado de Mallorca en el año 1932. Fue encerrado en Madrid, y tiempo despúes, expulsado de España y exiliado en Portugal. En 1938 pudo regresar a Francia, y un año despúes, fue encerrado en un campo de internamiento francés para anti-regímenes fascistas que en ese momento asolaban Europa, véase antifranquistas, antifascistas italianos o habitantes de los estados centroeuropeos anexionados por el tercer Reich. Existen diversas teorías sobre su existencia a partir de esta efeméride: algunos historiadores afirman que murió en este mismo campo, mientras que otros defienden que logró sobrevivir gracias a ejercer como traductor para los nazis, algo que le habría condenado a pasar sus últimos días confinado en un gulag siberiano. También hay quien apunta que se recluyó en el monasterio catalán de Poblet tras la guerra, y otros apuntan como fecha de su muerte 1989, y como lugar, la ciudad alemana de Boppard.  Sea como fuese su muerte, lo que queda claro es que Borís dedicó su vida y su libertad a encontrar un buen nido donde poder cobijarse y cubrirse de fortuna, respeto y algo de poder. Esta sed de progreso le llevó a protagonizar uno de los capítulos más rocambolescos y curiosos de la historia política europea moderna, donde tiene reservado un lugar privilegiado como el último Rey de Andorra.

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